Acumulador

Ahí estaba él, sentado frente a un montón de papeles y un par de hojas en blanco donde decidía si escribía o no, una carta. La luz de la habitación ya estaba apagada mas no la del escritorio que proyectaba su sombra como si fuera un gigante en la pared. Se quitaba los zapatos y sentía el frío en los pies, el frio de la habitación.
   Todo había comenzaba en el momento en que llegaba a casa, sentía un golpe en el pecho y esas ganas inmensas de escribirle cartas y cartas, escribirle tantas cartas que el correo no se diera abasto para enviarlas, que el buzón de su casa explotara, que él de tanto escribir se quedara sin manos y ella de tanto leer, sin ojos. Eso era mas de lo que él podía soportar, por eso al llegar a casa y sentir aquello se dejaba llevar un poco por los vicios y los libros.
   Daba vueltas en la habitación sentándose por momentos y apretando los puños. Repasaba una y otra vez todo lo que le quería decir, lo que ya había entendido y lo que aún no, las preguntas y las excusas. Quería preguntarle si alguna vez pensaba en él.
  Se sentaba frente al escritorio, escribía y escribía hasta llenar las hojas, después, las guardaba en un cajón. Tenía dos razones, la primera era que no conocía la dirección del destinatario, nunca le preguntó; la segunda era lo que más le dolía ¿Qué le decía que no fuera que le rompía el corazón? ¿Para qué escribía si ya sabia que si hubiese alguna respuesta sería tan educada pero carente de contenido?
   Así pasó no sé cuantos días porque yo me cansé y lo abandoné, me cansé de verlo escribir siempre lo mismo, me cansé del poco espacio que quedaba ya en la habitación llena de hojas, la misma carta una y otra vez. 

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