De arrojar o ser una botella

Nos paramos frente al mar y arrojamos una botella con aquello que queremos que se vaya lejos y sea encontrado por alguien mas.
Triste es cuando nos paramos frente a nuestro propio mar y lanzamos algo que ya no queremos en nuestras vidas, pero al mismo tiempo tampoco queremos que sea encontrado, entonces lo lanzamos apenas donde el agua alcanza a arrullarlo un poco, simulamos esperar a que el agua lo abrace y se lo lleve pero en el fondo sabemos que las olas lo pondrán una y otra vez a nuestros pies hasta que decidamos lanzarlo tan fuerte como nuestros brazos nos permitan, mas allá de donde rompen las olas, mas allá de nuestro egoísmo y costumbre.
La razón de la importancia de arrojar la botella lejos desde la primera vez es que:  cada vez que vuelva será golpeada y arrastrada por la fuerza de las olas, puede volver una, dos, tres veces intacta pero pronto, en el mejor de los casos, el agua puede entrar un poco y destruir lo que hay dentro; en otros casos, la botella puede romperse. Al final, lo que había dentro de la botella termina siendo algo completamente diferente, algo que ya no se parece nada a lo que aún con un poco de cariño y nostalgia arrojamos para que alguien mas pudiera disfrutar de algo que en nuestras vidas ya no tenía el mismo lugar; en otro caso mas extremo pero no por eso improbable, el mar, cansado de que no tomemos una decisión puede llevarnos con todo y la botella, entonces, de pronto, nos encontramos en el medio del mar, mas allá de las olas, dudando si fuimos nosotros quienes arrojamos la botella o en realidad, nosotros yacemos dentro de una botella que ha sido arrojada.

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