Su ida y vuelta
Él había permanecido tanto en casa que yo había olvidado que un día se marcharía. Pasábamos las horas juntos, frente a la televisión o preparando café para las noches largas. Cuando ya no había más que hacer nos sentábamos uno frente al otro y nos contemplábamos. Yo tenía siempre tantas preguntas, pero callaba. No sé exactamente cuándo lo conocí, mi memoria no me permite recordarlo.
Un día, mientras yo subía unas escaleras vi, sin buscarlo, el sol. Con el centro tan luminoso que es casi blanco y esos rayos dorados que lo adornan. Sol que observa todo con un par de zafiros enormes.
Fue entonces cuando él desapareció, no lo vi mas, pero no importó. Pasé mas de treinta días bajo aquellos rayos calurosos, quedando ciega poco a poco por pasar horas observando aquél blanco con destellos azules. Cuando no caía la noche era completamente ciega, ciega como nunca antes lo había sido.
Tocaron la puera, abrí, era él. Entró y se sentó en el sillón, contándome que aquella noche había visitado al sol, haciéndole entender que pronto su luz se apagaría y que si seguía saliendo todas las mañanas para mi, cuando este no estuviera más yo quedaría ciega de por vida.
Al siguiente día el sol no salió más, espere sentada en el sitio donde nos encontrábamos cada mañana pero jamas volvió.
Ahora estamos él y yo sentados de nuevo en el sillón, preparando café, viendo televisión. Hay algo que no sabe, no sabe que aquellos pocos día frente al sol no me volvieron completamente ciega, pero sí una parte. No pienso decírselo, pues jamas se perdonaría el haber actuado un poco tarde.
No creo que puedas curar esta ceguera, tiempo.
Comentarios
Publicar un comentario